“Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Ti. 2:1-4).

Por estos días transitamos la campaña de los “40 días de ayuno y oración” que, anualmente, promueve la agrupación de pastores “Argentina oramos por vos”, y coincidentemente con la reciente fecha electoral, más de un devocional tiende a inducir al pueblo cristiano ni más ni menos que a cumplir con el mandato bíblico de orar por las autoridades. Esto, independientemente del color político, porque la bandera principal del cristiano, la primordial militancia, es la de Cristo.
Entonces, resulta preocupante ver cómo la iglesia va perdiendo el foco y en vez de ocupar su posición de protagonista y conciliadora en una sociedad dividida, toma partido por uno u otro espacio político sin darse cuenta que de esa manera se ahonda la tan mentada grieta, pero ahora dentro de la misma iglesia. En la semana, peleamos a muerte vía redes sociales defendiendo a nuestro político favorito y el domingo, nos vemos las caras para rendirle culto a Dios. Vaya situación. ¿Y si invertimos en oración aquellos minutos que gastamos en “investigar” sus historias y discursos oscuros? ¿Obtendríamos mejores resultados? Y si nos ocupamos, de antemano, en orar por las nuevas autoridades –independientemente de ser o no aquellas que uno votó-, ¿no estaríamos preparando un mejor escenario espiritual de cara al 10 de diciembre? ¿No será que si unificamos nuestros criterios espirituales y nos dedicamos a mostrarle a la sociedad que practicamos lo que pregonamos, la gente creerá definitivamente en que el verdadero cambio no viene de los partidos políticos, sino que viene de Arriba?
Pero para que eso ocurra, debiéramos dar ese paso en el que demostremos que, más allá de nuestra variedad de opinión y de afinidades políticas, somos seres maduros que hacemos primar nuestros valores más altos, como la fe que profesamos, que nos llama a la unidad en la diversidad, a la pacificación en vez de la contienda, a la unión en vez de la división.