Por Daniel Di Paolo

Para la avanzada abortista un mural que retrata un bebé por nacer y una mujer embarazada en las paredes de una maternidad, constituyen «violencia simbólica» y un ataque a los derechos de las mujeres. Ese fue el argumento que esgrimieron grupos feministas para ejercer la censura tapiando la obra de arte que hace un año había realizado la artista Lisette Feider en el Hospital Piñeiro.
Ante esta situación podríamos analizar la debilidad de los directivos de un hospital público que ceden ante las presiones de estos grupos. Podríamos hablar de la violencia para nada «simbólica» que representan y el temor que despiertan, lo que les permite obtener poder. Podríamos pensar en la inequidad que este derecho de veto que se les concede genera al cercenar la libertad de expresión de ciudadanos con otras ideas y puntos de vista, etc.
Pero la pregunta a mi juicio, más inquietante, es ésta: ¿desde cuándo y por qué motivos la imagen de una mujer embarazada o la de un niño en gestación en el ámbito de una maternidad se ha convertido en algo revolucionario, ofensivo y digno de prohibiciones y censuras?

Así quedó tapiado el mural debido a las presiones de grupos feministas

Así quedó tapiado el mural debido a las presiones de grupos feministas

La excusa esgrimida es que resulta chocante para quienes van a practicarse un aborto o para quienes perdieron un embarazo. Si esta última fuera una razón válida, sería motivo suficiente para ejercer una prohibición absoluta de todo expresión artística que hiciera alusión a cualquier humano viviente, por cuanto todos, tarde o temprano, sufriremos algún duelo por la pérdida de un ser querido y no por eso dejamos de admirar el arte que refleja la vida y su belleza. Al contrario, porque es limitada y frágil, la honramos y la valoramos aun más.
En realidad este acto de censura no parece ser otra cosa que el intento infructuososo de evitar que el arte, con su profunda trascendencia emocional, haga visible a los ojos y al alma de los observadores la realidad más evidente: la humanidad de los seres vivos y sufrientes que van a eliminar a través de la realización de abortos, sean estos legales o ilegales.
En lugar de reconocer la tragedia que implica el aborto para una mujer, se pretende convencer a la opinión pública de que es una solución perfectamente moral. Que el feto es un intruso, prácticamente el peor enemigo de las mujeres. Que no es digno de vivir sino existe el toque mágico del «deseo», ya que sin él, será categorizado más como un tumor que como un hijo. En ese contexto, un feto bello rodeado de flores, símbolo de vida, alegría y esperanza, es inaceptable.
La imagen de un niño en gestación se ha convertido en contracultural y agresiva.
El feminismo radicalizado que defiende el aborto como el mayor derecho al que puede aspirar una mujer, ese feminismo que le puso un pañuelo verde a las adolescentes de nuestras ciudades para militar la que pareciera ser la causa más importante para la eliminación de la desigualdad o la discriminación hacia las mujeres, el mismo feminismo que lleva a una actriz internacional a confesar ante millones de espectadores que la obtención de un premio justificó el sacrificio de un hijo, termina despreciando la maternidad y en definitiva, a otras mujeres.
Termina mostrando su debilidad, su pobreza argumental y sus contradicciones, al censurar ya no la violencia machista o el abuso sexual, sino el trabajo realizado por una artista mujer, que pone en el centro de la escena a una mujer que está gestando vida para dignificarla, para que como sociedad y sin importar su contexto, la protejamos, la comprendamos, la apoyemos, la acompañemos, la asistamos, la valoremos.
Miles de argentinos que sostenemos que toda vida humana debe ser protegida, más allá de nuestra fe cristiana, por respeto a valores y principios morales fundados en la justicia, la bondad y la solidaridad, creemos que están errando el camino. No lo decimos desde el pedestal de los que pretenden tener la verdad absoluta, sino desde una mirada compasiva, ya que no cabe duda de que el movimiento abortista está ganando la batalla política, pero está perdiendo la batalla moral: aquella que define lo que es bueno y lo que es malo.
Están defendiendo por fanatismo ideológico con la tozudez de la insensatez una mala solución para los problemas de las mujeres, y en el camino están siendo irracionales y contradictorias, atropellando a otras mujeres porque no coinciden con sus postulados.
En algún momento, esta debilidad hará que muchas mujeres abandonen sus filas y generará nuevas oportunidades para la búsqueda de soluciones en las que el bien venza el mal y el amor venza el temor.
Sigamos sembrando sin desmayar semillas de vida y esperanza.
Veremos el fruto de nuestro esfuerzo en un cambio cultural más fuerte que cualquier ley.