Por Sergio Romero

Si te pasó algo así, es realmente vergonzoso. Estábamos de compras en el supermercado y nos dirigimos a la caja para pagar. Intentamos efectuar la compra con una de las tarjetas que solemos usar, pero para nuestra sorpresa, el cajero que nos atendió nos dijo que no tenía los fondos suficientes para realizar el pago. Sí, experimentamos esa sensación de incomodidad que nos hace pasar un mal rato. Intentamos de todas las maneras posibles pero tuvimos que abandonar la compra dejando todo en el mostrador.
Pienso, ¿cuántas veces nos sucede que nos quedamos sin los fondos suficientes para hacer algo? ¿Con cuánto crédito espiritual solemos caminar? ¿Cuál es el saldo que portamos hoy?
El acto fallido de todo lo que nos sucede es nuestro orgullo, nuestro ego. ¿Quién no está de acuerdo con que pasemos momentos de incomodidad? Nuestro ego. Este nos convence de que no debemos reconocer que todavía tenemos que seguir aprendiendo. Nos hace creer que ya estamos graduados de la vida. Y nada más lejos de esa apreciación.
Nuestro “Yo” nos abraza y nos palmea nuestra estima en conflicto, para maquillar todo lo que quizá todavía está en nuestro corazón y no queremos mostrar.
Cuando el general Naamán se enteró de cuál era la metodología que debía seguir para obtener su milagro, no estuvo de acuerdo. Su orgullo, personalidad y estatus no le permitieron hacer lo que le dijo el profeta. Esa receta iba en contra de su ego, de su altanería, de su rol. ¿Qué iba a decir la gente que estaba con él?, seguramente pensaba. A pesar de eso, su necesidad y dolor fueron más fuertes que toda esa montaña de egocentrismo. Él quería ser sano de la lepra, quería recobrar su dignidad, y para ello tenía que morir a esa personalidad que poseía.
Entonces lo hizo y se sumergió en el río Jordán, dejó en el fondo ese “Yo” que no le permitía humillarse. Allí encontró el milagro que tanto buscaba.
Cuando Dios nos haga pasar por el scanner de la vida, puede que resulte incómodo, no grato, o injusto. Puede que nos quedemos sin crédito, sin el saldo suficiente, pero lo importante es reconocer y dejar en el mostrador todo aquello que sea un obstáculo para nuestras vidas y propósito. Es necesario pagar una cuota más de ese “Yo” que nos impide humillarnos y seguir creciendo como Dios quiere que lo hagamos.