Cuando uno crea el hábito diario de lectura bíblica, inevitablemente comienza a relacionarse con Dios. Ese acercamiento nos hace conocerlo y también querer que Él sepa sobre nosotros. La oración es el camino.
La Biblia aconseja que nuestras palabras nazcan del corazón, que sean genuinas, no versos repetitivos, que sean en todo tiempo, con fe, insistentes. A veces tiempos largos, otras una simple declaración de confianza.
Orar es hablar con Dios. Una acción personal, que puede ser respaldada por una persona querida (orar con un mismo fin) y a veces puede no ser entendida y hasta mal interpretada desde afuera.
Orar es una necesidad. Orar es cuestión de vida. Volcá tus cargas, temores, preocupaciones, ansiedades, sueños en Dios. Hacé de la oración un hábito, confiá y descansá en Él. Cuando lo hagas, encontrarás paz.
Que Dios te conceda lo que le has pedido.
“Como Ana estuvo orando largo rato ante el Señor, Elí se fijó en su boca. Sus labios se movían pero, debido a que Ana oraba en voz baja, no se podía oír su voz. Elí pensó que estaba borracha, así que le dijo:
—¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? ¡Deja ya el vino!
—No, mi señor; no he bebido ni vino ni cerveza. Soy sólo una mujer angustiada que ha venido a desahogarse delante del Señor. No me tome usted por una mala mujer. He pasado este tiempo orando debido a mi angustia y aflicción.
—Vete en paz —respondió Elí—. Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido”.
1 Samuel 1:12-17. La Biblia.
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