Por Daniel Di Paolo
Obviamente, los cristianos tenemos derecho a sentirnos indignados ante la sátira brasileña que logra su objetivo marketinero de generar publicidad gratuita (en lo económico, no en lo espiritual) e impacto mundial para sus producciones a partir del único mérito de estar dispuestos a ser protagonistas de una obra que escandaliza por no dejar ningún límite por traspasar en la intención de ofender, en forma especial, a los cristianos, pero también al judaísmo y a otras creencias.
Es notable que los autores del bodrio en cuestión, a pesar de la pretensión de aparecer como exponentes de un humor libre de límites y políticamente incorrecto, se cuidan con mucho esmero y notable cobardía de dejar fuera de la blasfemia al dios de los musulmanes, teniendo presentes las consecuencias que por burlarse de su profeta sufrieron los editores de la revista Charlie Hebdo. En tiempos de terroristas fundamentalistas es mucho más seguro burlarse de Jesús, que mandó a sus discípulos a amar y bendecir aún a sus enemigos.
Frente a «La Primera Tentación de Jesucristo», la primera tentación de los cristianos es escandalizarnos, levantar la voz en protesta, exigir respeto, reclamar prohibiciones y hasta pensar en que se debería limitar de alguna manera la libertad de expresión de aquellos que no tienen ningún reparo en ser hirientes con nosotros al profanar todo lo que consideramos sagrado.
Tengo para mí que deberíamos evitar caer en esa tentación. La convicción de defender la libertad que pretendemos para expresar nuestra fe tiene como contracara la de aceptar que los paganos puedan denostarla, siempre y cuando no lo hagan desde el Estado laico o financiado por fondos públicos. Cada uno decidirá de acuerdo a su conciencia si quiere seguir abonado o no a la plataforma que lo ha producido y lo promociona. Tanto una como otra postura tendrá sus fundamentos.
Pero lo maravilloso de adorar al Dios Verdadero es saber que su Poder, su Santidad, su Autoridad y Soberanía están por encima de cualquier agresión o burla, y que no precisa de nuestra defensa para «preservar su imagen», ni de la censura para evitar su descrédito, ni de las represalias frente a los que desean humillarlo para castigar la falta de respeto.
Cierto es que, como sus embajadores en la tierra para compartir sus Palabras de Vida y su amor, nos duelen estas ofensas, pero debemos descansar en la certeza de que nuestro Dios se revela a sí mismo en toda su plenitud aún cuando es humillado o nosotros somos perseguidos.
El que soportó en silencio el escarnio en ocasión de su muerte en la cruz y solo se refirió a sus agresores con una oración amorosa: «Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen», ¿cómo no dirá lo mismo frente a unos cuantos bufones irrespetuosos que aparecen en streaming en el siglo XXI?