Todo debe haber empezado como una charla de trasnoche de un grupito de activistas feministas y de la ideología de género destinada a generar un impacto mediático que les diera un poco de publicidad a bajo costo. Luego del intento de la «@» ilegible y de la «X» de xilofón la nueva estrella era la «e». Pero por imperio del chauvinismo progresista, un tema que podría haber sido una tesis para estudiantes de Lenguas, se ha convertirlo en una cuestión de Estado.
Y aquí estamos. Con el PAMI sacando comunicados que nuestros «abueles jubilades» no pueden entender. Con el Banco Central preocupado por escribir sus resoluciones con «e» cuando no tenemos moneda, ni «monede». El peso, «pese» a que escriban todo en lenguaje inclusivo, no se entera de lo evolucionados que son los directivos del Banco, y no deja de devaluarse. Parece que a los números les importa un comino las letras que usen para los plurales y siguen dando mal de todas formas.
Y ahora con un Ministerio entero dedicado a deconstruir (lease «destruir») marchas militares, textos clásicos literarios, y muy pronto, por qué no? a presentar su propia versión de la Biblia en lenguaje inclusivo. Ganas no les deben faltar.
Una vez más, los recursos públicos desperdiciados en cosas que no les importa más que a una elite ideologizada, mientras el pueblo que votó un gobierno para que diera soluciones a sus necesidades reales sigue esperando respuestas.
Y entonces, no queda otro recurso que darle entidad al «lenguaje inclusivo» . Su uso o su rechazo, entonces se transforman en batalla cultural y política. Que pérdida de tiempo.
Nadie habla con lenguaje inclusivo en sus casas, ni siquiera sus promotores. Es tan complejo adecuar el castellano a estas nuevas reglas que solo se usan algunos términos en forma símbólica, como discurso de barricada: «todes», «chiques»… y poco más Los términos que el Presidente Alberto usa para congraciarse con sus adeptos.
Les sirve para presionar por el reconocimiento de un tercer sexo, o género indefinido y para generar nuevas estructuras estatales que provean recursos y espacios de poder para aquellos que tengan el mérito de estar dispuestos a decir…» les pibis».
No es un cambio cultural auténtico sino una posición política destinada a generar grietas, levantando banderas que generen fanáticos aliados y detractores opositores.
Es una manera vana y superficial de separar aguas de forma maniquea entre los que dicen «todes», los buenos, los progres, los inclusivos e igualitarios y los que se resisten a jugar a «le mer estebe serene», para poder etiquetarlos de malos, antiderechos, machistas y violentos.
Lo de siempre. Generar grupos antagónicos que sean funcionales a los intereses de unos pocos, mientras millones de argentinos siguen esperando que se dé respuesta a las verdaderas problemáticas que le preocupan al pueblo: pobreza, inflación, inseguridad, desempleo, corrupción, impunidad, libertad y un verdadero cambio cultural que priorice los valores, el respeto y la paz.
Daniel Di Paolo