Por Lizzie Sotola

Vivimos en un mundo o en una sociedad que dice que quiere “deconstruir” al patriarcado, al macho, a la cultura machista que abusa, viola y mata, y en la misma bolsa los principios y valores bíblicos. Ya Discépolo lo dijo: “la Biblia y el calefón” (frase bien argentina con la que se observa, con tono crítico, que no hay reglas claras, que todo da igual, que ya nada es como antes, que se han perdido los valores).
El término “deconstruir” viene de la teoría que aplicó Jaques Derrida en Francia, que hace referencia a un método implícito en los análisis del pensador Martín Heidegger en sus análisis etimológicos de la historia de la filosofía.
El concepto es complejo y largo de explicar, pero deviene de tratar de interpretar textos desde una lingüística no permeable con la metafísica. Entonces, lo que propuso fue que las diferentes significaciones de un texto pueden ser descubiertas descomponiendo la estructura del lenguaje dentro del cual está redactado.
Es decir, una práctica de lectura un tanto particular que toma en cuenta el tiempo. Investiga las condiciones de posibilidad de los sistemas conceptuales de la filosofía, pero no debe ser confundida con una búsqueda de las condiciones trascendentales de la posibilidad del conocimiento.
La deconstrucción revisa y disuelve el canon en una negación absoluta de significado, pero no propone un modelo orgánico alternativo. La deconstrucción niega la posibilidad de la denotación pura, de la referencialidad del texto.
Sí, sí… yo advertí que es complejo, pero permítame decir algo más y vuelvo a la actualidad. La deconstrucción va a plantear básicamente una disociación hiperanalítica del signo, proponiendo una subversiva puesta en escena del significante afirmando que cualquier tipo de texto (literario o no) se presenta no solamente como un fenómeno de comunicación, sino también de significación.
Cuando usted lea o escuche la palabra “deconstruir” sepa que lo que están queriéndole decir es que quieren cambiar los significados de aquellos conceptos que quieren derribar política, ideológica y moralmente… Algunos dirán, también, religiosamente.

A los bifes…
Esta nueva construcción del ser, y del ser algo (estas posibilidades infinitas como personas hay en el planeta, según la ideología de género), pone en tela de juicio todo lo bueno, todo lo malo y plantea una supremacía de la duda por sobre la verdad.
Pero no una duda constructiva sino una que no pone dudas sobre sí misma, sino sobre todo aquello que no le gusta o conviene, porque demuestra lo errático de un modo de vida sin límites, rozando la barbarie.
Este artículo está titulado “Permitidos en el Edén” porque deviene de la historia de la humanidad que arranca con el primer permitido que se dieron Eva y Adán.
Ellos probaron la fruta prohibida, se “permitieron” hacer lo que no les convenía hacer. Ya sea en una dieta, como en la vida en general, necesitamos ver que esos permitidos que nos damos pueden acarrear consecuencias mortíferas a nuestra alma.
Y hablo de permitidos que, a través de los siglos, hoy pagamos la consecuencia de aquella mala decisión. Vivimos como vivimos a causa del pecado que sobreabunda en la sociedad. Pero también en mi vida y en la del lector.
Aquello que comenzó como un pensamiento inofensivo, curioso, en apariencias consensuado con los valores y principios que moldean nuestra vida, deja entreabiertas rendijas, sutiles, que se transforman en abismos insondables.
Así como una pareja se propone una relación abierta, donde se puede mirar y codiciar a otra persona ajena a la pareja, y aún tener acceso carnal a terceros. Luego de traspasados varios límites se encuentran frente a un juez federal dirimiendo sus permitidos.
Uno dice que fue obligado a entrar en un juego macabro de sometimientos y vejaciones. El otro dice que existieron permitidos, y se hace cargo hasta cierto punto, admitiendo pero reafirmando que fue algo consensuado, sin hacerse cargo que el problema es el permitido. Es cruzar ese límite del compromiso de entrega de uno hacia su cónyuge y nadie más.
Algunos me dirán que la ideología de género no tiene nada que ver con mi relato anterior. Que las personas se autoperciben como se les da la gana, que eso se llama identidad de género y que el binomio hombre-mujer es una imposición de la sociedad patriarcal, retrógrada y religiosa. Que el concepto de identidad de género es fruto de una conquista social y de la visibilización de los derechos de las personas LGTBIQ que a su vez generan un cambio cultural que penetra en toda la sociedad.
¡Permitidos que algunos seres humanos se dieron para cambiar el orden natural de la vida!
Es ahí, donde dejamos que se abra una primera grieta, pequeña, a la cual vemos como inofensiva. Ahí mismo es donde nace la locura de cambios, vaivenes, desajustes y la destrucción de lo bueno para llamarlo malo, y el alejamiento de la humanidad de su Creador.
Nótese que la Biblia dice “varón y hembra los creó”, no dice: “Lesbiana, Gay, Bisexual, Transgénero, Travesti, Transexual, Intersex y Queer (LGTBIQ) los creó”. Quiero dejar de manifiesto que no tengo ningún problema con las personas que quieren vivir su vida como a ellos les da la gana. Lo cuestionable es la ideología que estas prácticas quieren imponer, corrompiéndolo todo.
Cuando un niño está haciendo cuentas matemáticas y dice: 1+1=3, lo corregimos y le explicamos que 1+1 es igual a 2. No estamos contra ese niño, sino que porque lo amamos lo ayudamos a encontrar la respuesta correcta.
Lo que la ideología de género intenta hacer es que 1+1 es igual a un gato, o es igual a 4. También es igual a 2+3. O al infinito y más allá. Que con mi cuerpo hago lo que quiero, mutilo un apéndice como un hijo, me pinto el cabello de verde y fucsia, o me lo dejo crecer hasta los talones. Que todo da igual.
Eso sí, mientras no me hablen de principios, de límites, de moralidad, de espiritualidad, de aquello que se contradice con lo que yo vivo y deseo vivir a mi manera. Porque si hacen eso, salgo y mato. Mato con insultos. Mato con agresiones físicas. Mato con la misma violencia que digo que me mata a mí, en manos del macho. Y si tengo ganas, mato también a eso que se engendra en mi vientre. Le dicen niño por nacer, pero es un feto inerte. No es persona. No lo reconozco persona. Es un conjunto de células que no siente.
Y genero todo esto porque odio. Odio la sociedad, odio a los religiosos, odio a los que tienen una familia bien establecida. Odio a los que ganan más dinero que yo. Odio que me digan que hago las cosas mal, ya lo sé yo, pero odio que sin verbalizarlo otros me lo hagan notar con sus vidas. Odio al macho que me violó, y por él odio a todos los machos, patriarcales, misóginos. Y mi odio es tal que pinto paredes con leyendas que me hacen justicia, sin importar a quién perjudique. A mí me perjudicaron, ahora que paguen otros también.
No me importa quiénes. Solo quiero que paguen. Que sientan mi dolor. No quiero que me abracen, ni que me digan que viví equivocadamente. Quiero que sientan mis miserias.
Para esas personas, que están atadas al odio y la barbarie, y para mí, siempre hay un “Te amo” que viene de parte de Dios y que nos parte en mil pedazos que el Creador reconstruye convirtiéndonos o ubicándonos en el papel que Él tuvo disponible desde el comienzo de la Creación.
Dicen que tenemos que deconstruir al patriarcado, y la propuesta de Dios es la de un padre amoroso, que cuida, que ama. Que sabe de nuestros sufrimientos. Que nos abraza y cobija. Que nos mira con amor a pesar de nuestros desamores.