Por Lizzie Sotola

En la historia del pueblo de Israel se cuenta que en una oportunidad, cuando Samuel ya era viejo y viendo que sus hijos no eran como él, los israelitas pidieron un rey que los gobierne. Samuel fue a Dios a presentar tal petición y el Señor le dijo: “Hazle caso al pueblo en todo lo que te diga. En realidad, no te han rechazado a ti, sino a mí, pues no quieren que yo reine sobre ellos. Te están tratando del mismo modo que me han tratado a mí desde el día en que los saqué de Egipto hasta hoy. Me han abandonado para servir a otros dioses. Así que hazles caso, pero adviérteles claramente de cómo el rey va a gobernarlos” (1 Samuel 8:7-9 NVI).

Me da la sensación que en Argentina estamos haciendo lo mismo. Quizás, si no vives en Argentina suceda lo mismo, pero voy a hablar de lo que conozco y vivo. “¡Queremos un rey!” O “¡Queremos un presidente cristiano!”, repiten muchos sin pensar en detalle qué significaría que tal cosa ocurra. Algunos detractores hablan de un Bolsonaro local, como si el gobierno que apenas llega al mes de existencia fuera igual al de Pinochet en Chile, o al de Maduro en Venezuela, salvando las distancias de derecha e izquierda en la política de los distintos países.
Envalentonados o empoderados (vocablo de moda) por la lucha contra el aborto, algunos, se animan a pedir un presidente cristiano devenido de toda una estructura política cristiana, que en la Argentina no existe. Sin pensar en lo que significa una estructura de gobierno con miles de personas que deberían ocupar cargos gubernamentales. ¿Sabías que, mínimamente, un Presidente de la Nación tiene que llenar una grilla de más de 10 mil funcionarios en todo el país? No es una pregunta al azar, el dato me lo pasó un experto en el tema. Eso significa poner al menos 10 mil personas entrenadas, idóneas, con capacidad técnica para ejercer los cargos para que realmente el nombre de Cristo quede en alto y su buena administración sea una bendición para la Nación. ¡Utópico!
La idea deviene de un pensamiento legítimo de no votar en las próximas elecciones a quienes quieran validar el aborto de manera legal. Y no está mal pensar así, pero es por lo bajo, un poco ingenuo. En un país donde los postulantes al gobierno son nombres de una larga lista sábana donde sobresalen los primeros 3 o 5 como conocidos y los 20 siguientes del total anonimato popular. Para la elección de los miembros de la Cámara baja se utiliza un sistema de proporcionalidad pura: el método D’Hondt o método de común divisor. Los diputados se eligen en forma directa por la población de cada provincia y de la capital, las cuales se considerarán para estos efectos como distritos electorales. Cada elector votará por una lista de candidatos de cada partido, cuyo número será igual al de los cargos a ocupar. Y sólo mencioné qué sucede con los diputados, pero es igual con los senadores, nacionales o provinciales. Es decir, que cuanto menos es una gran bolsa de gatos de donde salen quienes ejercen el poder ejecutivo, legislativo y ¡ni qué decir del judicial!
En el supuesto de poder votar un gobierno cristiano me da un poco de resquemor pensar en si lo que piden aquellos que pregonan un gobierno de cristianos, sea lo correcto. ¿Qué si estamos repitiendo la historia del pueblo israelita y Samuel?
No digo que aquella persona con vocación, servicio y llamado de Dios no se postule; más bien todo lo contrario. Aquel que sienta el llamado a gobernar que se prepare como ninguno y sepa que se involucra en un lugar de mucha lucha, prueba y que la exposición puede ser mortífera psíquica, emocional y físicamente. Y en el partido político que represente mejor su ideología y postura frente a la actualidad. Pero busquemos idóneos en política, que hayan realizado una carrera en diferentes estamentos de gobierno. No alcanza con proponer un pastor, por más exitoso que sea su ministerio. Que sea un buen pastor no significa que llegue a ser un buen gobernante, un buen legislador o que pueda sobrevivir a la selva política argentina. Son cosas diferentes. Si el candidato es pastor, pero tiene llamado y preparación, seguramente entenderá que es mejor apartarse del ministerio para cumplimentar el llamado superior.
Tampoco es cuestión de votar a un evangélico novato en los caminos de Dios, que con una Biblia en una mano y una espada en la otra, va declarándose presidente porque fue ungido por un grupo de pastores para bendecirlo. Tampoco es que el poder de Dios es insuficiente, simplemente es entregarlo a los lobos y exponer al ridículo el Evangelio de la Cruz.
Seriamente me pregunto ¿de verdad queremos un rey? En el relato bíblico se observa que luego de varias batallas ganadas y perdidas Saúl era un rey con cierto éxito. Momentáneo éxito. “¡Saúl mató a miles, y David a diez miles!”, proclamaron más tarde los israelitas que loaban al futuro Rey David.
Es fundamental ser sal y luz en todo lugar. Especialmente en medio de la política que puede dirigir a un país. Celebro cuando cristianos, nacidos de nuevo, comprometidos con Dios y su pueblo, eligen ser luz en medio de la oscuridad política. Se abren camino donde la vida de un país se cocina. Quizás con errores y con aciertos, pero con la voluntad de cumplir el llamado de Dios a sus vidas. Saben dónde se inmiscuyen, y con valor lo afrontan sabiendo que son parte del poder transformador de Dios en un país.