Por Gustavo Marini

La actual pandemia que el mundo está viviendo por el COVID19, detuvo al mundo de su funcionar automático y lo puso a mirarse en el espejo.
La raza humana como especie dominante de nuestro planeta, vivía hasta el comienzo del presente año poniendo su confianza en que tenía pleno control de la vida con su inteligencia y tecnología, pero en el lapso de solo tres meses, la pandemia del coronavirus ha puesto en evidencia la cuestión de que los seres humanos no controlan todo.
No somos lo suficientemente capaces ni lo suficientemente buenos como para ser nuestros propios salvadores. La pandemia trajo a primera plana palabras como incertidumbre, desolación, desierto, crisis y otras similares.
Como el ser humano se siente inmortal, no nos gusta hablar de la muerte, pero el coronavirus trajo la muerte a la puerta de sus casas.
De repente en los primeros planos aparecieron médicos, enfermeros, investigadores, biólogos en lugar de deportistas famosos, actores, celebridades e influencers y nos dimos cuenta de que los primeros ganando mucho menos dinero son más importantes, poniendo en riesgo sus vidas para salvar otras en una batalla contra un enemigo desconocido, invisible e intratable.
Por otro lado las iglesias y entidades de bien público dando contención y trabajando en los lugares más vulnerables donde nadie quiere ir, al frente de los voluntariados y a disposición de los gobiernos mostrando su vocación de servicio también ocupan espacios visibles.
La ciencia y la fe trabajando juntas, la ciencia aportando su saber para obtener una vacuna y la fe sosteniendo la esperanza y orando por sanidad e inspiración divina para encontrar la salida. Como decía Spurgeon: “trabajando como si todo dependiera de nosotros y orando como si todo dependiera de Dios”.
Ahora bien cuando eso ocurra, para crecer deberemos definir bien qué aprendimos como sociedad. Bill Gates anticipó (2015), entre otros, que esto podría ocurrir ya que el mundo se preparaba para enfrentar guerras, nunca se preparó para una pandemia; entonces sobran armas y faltan respiradores. Debemos aprender lo frágiles que son las naciones todas enfrentadas y divididas.
Cuando la pandemia pase el mundo deberá decidir qué hacer, si volver al egoísmo y hedonismo reinante del mundo competitivo y globalizado del siglo XXI o dar prioridad hacia las cosas importantes como cuidar el mundo en que vivimos y cambiar hacia un mundo más solidario.
El mundo occidental y civilizado nació y creció sobre los principios de la cultura judeo-cristiana; Jesús enseño que el ser humano era valioso y dijo: “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Pero con el tiempo occidente fue cambiando, sacó a Dios del centro y puso al hombre en el centro con sus pensamientos y tecnología, entonces comenzó a pensar que era tan suficiente que ya no necesitaba a Dios. Surgió la sociedad secular donde la tecnología pasó a ser su dios y creó un estilo de vida rindiendo culto a lo light (cosas sin sustento y superficiales) y descartable (se usa y se desecha). Esto la llevó a un egoísmo y hedonismo exacerbado donde sólo importa el individualismo, generando desigualdades cada vez más grandes entre los más ricos y los más pobres.
Una sociedad hedonista a la que sólo le importa pasarla bien, el placer por el placer mismo sin saber bien qué es pasarla bien, una sociedad dependiente cada vez más de psicofármacos para escapar de la realidad.
La Biblia relata la historia de un hijo que decide que no necesita más a su padre, se va a vivir su vida con autosuficiencia y termina con los cerdos en un chiquero. En ese momento vuelve en sí, regresa arrepentido a la casa de su padre y este lo recibe con una fiesta.
¿Será la sociedad capaz de reconocer que con una cosmovisión que no incluya a Dios está perdida, o será tan soberbia, encerrada en su camarote de primera clase del Titanic diciendo “ni Dios puede hundirlo”?
La sociedad tiene que reconocer que sola no puede cambiar, que no somos un accidente en una perdida galaxia del universo, sino que somos la creación a imagen y semejanza del Dios creador del universo.
El cambio requiere cambiar la manera de pensar. La inteligencia emocional sostiene que si cambias la manera de pensar, cambias la manera de sentir.
Esto se basa en dos (2) principios:
1-Nuestros pensamientos pueden condicionar respuestas emocionales tanto positivas como negativas.
2-Si un mismo pensamiento se repite con frecuencia, producirá conexiones neuronales fuertes, o sea, creencias arraigadas. Esto hace que automaticemos nuestras conductas sin poder razonarlas o sentirlas. El proceso involucra acciones emocionales buenas y malas, como así también el no valorar todo lo positivo que nos pasa por considerarlo “normal”.
Es poniendo plena atención a las conductas como podemos modificar hábitos y reemplazarlos por comportamientos que mejoren nuestra calidad de vida.
Los pensamientos influyen en cómo nos sentimos. Está científicamente comprobado que por cada pensamiento nuestro hipotálamo secreta sustancias químicas. Cada estado emocional dispara, por ejemplo: endorfina, serotonina, adrenalina, cortisol o dopamina. Por lo tanto, si tengo pensamientos buenos me siento bien y si tengo pensamientos malos me siento mal.
Ahora bien, esto que descubre hace poco tiempo la ciencia, ya estaba escrito hace casi dos mil años en la Biblia. Pablo escribió: “No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto”. (Romanos 12:2 DHH.)
Entonces resulta que ciencia y fe coinciden que se debe cambiar la manera de pensar, para lograr nuevos resultados.
¿Quién puede estar en contra de los principales valores de la cultura judeo-cristiana; honrar a tus mayores (padres), no robar, no matar, no mentir, no desear lo que no es tuyo?
Nuestra Constitución Nacional en su preámbulo dice que entre sus objetivos figuran alcanzar la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar la libertad, invocando la protección de Dios fuente de toda razón y justicia.
Creo que es un muy buen momento para cambiar la manera de pensar y volver a los fundamentos iniciales de nuestra cultura judeo-cristiana. Dios siempre está disponible, pero el hombre tiene que cambiar de dirección, cambiar la orientación de la antena, volver a sus raíces cristianas. ¿Le daremos la oportunidad a Dios?
Un amigo me contó que sobre la triple puerta de entrada de la Catedral de Milán, se leen las tres inscripciones: Sobre la primera, rodeada por una corona de rosas se lee: “Todo lo placentero es por un momento”. Sobre la segunda, rodeando una cruz se puede leer: “Todo lo que nos hace sufrir es por un momento”. En la tercera, más hermosa, más cerca del interior, la última inscripción declara: “Lo único que permanece es lo eterno”.
La respuesta de lo eterno la tiene Jesús. Él venció a la muerte.