La condena al Dr. Rodríguez Lastra a un año de prisión en suspenso y dos años de inhabilitación para ejercer su profesión es un escándalo jurídico.
Que el delito de incumplimiento a los deberes de un funcionario público se constituya por ejercer responsable y eficazmente el arte de curar y salvar vidas, constituye un gravísimo antecedente y toda una declaración de guerra de una parte de la justicia argentina a aquellos que no están dispuestos a ceder ante la ideología abortista.
El médico frente a una mujer embarazada no se encuentra frente a un paciente sino ante dos, y no tiene que optar por salvar la vida de uno u otro sino ante la imposibilidad manifiesta de salvar a los dos. No hay ley argentina que lo obligue a eliminar a un niño por nacer de más de 20 semanas de gestación, lo que ni siquiera es considerado aborto por la Organización Mundial de la Salud. En ese caso, la única forma de acceder a eliminar al nasciturus es realizar un parto y dejarle morir sin prestarle asistencia alguna el tiempo que dure esa agonía.
En un país donde rige el estado de Derecho, donde supuestamente se deben respetar los derechos humanos, donde se rechazó en un debate democrático en el Congreso de la Nación la legalización del aborto hace un año, no resiste análisis desde lo jurídico, ni desde la ciencia médica, ni desde la dignidad humana que este accionar cruel y moralmente deleznable pueda ser considerado un deber para un funcionario público.
Por ello, hoy no abundaré en estas cuestiones y solo les compartiré un relato que puede resultar más revelador sobre la injusticia de este fallo que la fría letra de la ley.
«En el patio de una casa de la Patagonia argentina juega un niño. Vamos a suponer que se llama Mateo. Tiene casi 3 años.
Por ahora, solo le llaman la atención los canales de dibujos animados, pero en poco tiempo ya entenderá los contenidos de los programas de televisión que miran sus padres adoptantes.
Aún no sabe leer ni escribir pero en poco tiempo podrá buscar noticias en Google.
Y entonces Mateo verá en los noticieros o leerá en los sitios web de actualidad que en octubre de 2019 un médico llamado Rodríguez Lastra fue condenado en un juicio penal por haberse negado a quitarle la vida a un niño por nacer con 5 meses de gestación. Y descubrirá que ese niño es él.
En poco tiempo se enterará que ese médico fue condenado por incumplir su deber como funcionario público. ¿Cuál era ese deber? Retirar su cuerpito del útero de su progenitora (porque su madre es la mujer que ahora lo cuida y lo ama) y dejarlo morir en una bacha para arrojarlo finalmente a una bolsa de residuos patogénicos.
Seguramente leerá que había mucha gente que estaba indignada con ese médico que en lugar de hacer lo «legal», o sea eliminarlo, lo dejó vivir y salvó dos vidas, ya que el aborto era también peligroso para la mujer que lo llevaba en su vientre.
Verá videos de un juicio con gente feliz que aplaude porque se ha condenado a ese hombre que no lo mató cuando era chiquito.
No entenderá por qué razón lo odian así, qué fue lo que hizo mal. Tal vez sentirá miedo de que aún alguien intente eliminarlo, pero su mamá le explicará que ya no tiene nada que temer, que se quede tranquilo, que ahora sí tiene protección de la ley y contrariamente a lo que pasó cuando tenía 5 meses de gestación, ahora iría preso el que lo mate, no el que lo salve, porque para mucha gente él tiene valor y derecho a la vida solo fuera del vientre materno.
Cuando salga de su asombro y se recupere del shock emocional que significa saber que había tanta gente, y aún legisladores, fiscales y jueces, que querían verlo muerto, que consideraban que matarlo era obligatorio a tal punto de impedirle al doctor que lo salvó seguir ejerciendo la medicina, seguramente le pedirá a su mamá que lo lleve a la casa de ese médico que lo protegió para darle las gracias, y regalarle un dibujo especialmente dedicado a ese hombre que está pagando con su condena, su inhabilitación y la pérdida de ingresos para sostener a su familia, el precio de su vida y su felicidad.
Entonces, cuando se encuentren, el Dr. Rodríguez Lastra recibirá el abrazo tierno de ese niño al que salvó de una muerte cruel y sentirá que a pesar de todas la consecuencias dolorosas que tuvo aquella decisión, sin duda alguna hizo lo correcto y lo volvería a hacer».