Por Ulises Oyarzún

Hace muchos años, en una conversación con un profesor de Antiguo Testamento en el seminario, me dijo preocupado: “Un músico de conservatorio estudia casi 10 años. Pero al salir se encuentra con una trágica verdad. La gente en general ya no escucha esa música exquisita. Así debe sentirse también quien estudió años teología y quiere hacer pensar a cristianos que en su mayoría solo quieren SENTIR cosas”.
En otra ocasión, en Guatemala, alguien me dijo: “Antes, los grandes predicadores, más que en la elocuencia, su grandeza descansaba en el contenido de su mensaje. Además, eran contados con los dedos los predicadores sobresalientes, pues era de las iglesias de lo que se hablaba. El amor de esta iglesia, la valentía de esta comunidad, la compasión de esta congregación aún en medio de su pobreza… Hoy brillan los individuos a costa de sus comunidades”.
Yo hacía en ese tiempo stand up comedy. Él, en tono irónico me dijo: “Vas por buen camino si quieres ser famoso, pues a la iglesia de hoy ya no le interesa el testimonio de comunidades, buscan un showman.
Si cantas lindo, si haces reír, haces llorar o estremeces a la gente con un milagro, tienes el futuro hecho.
La gente te seguirá y te tendrá por ejemplo. Aunque digas todo lo contrario a lo que Jesús propuso, nadie se dará cuenta de tu mensaje, pues nadie busca realmente a Jesús de Nazaret, sólo les interesa un genio que cumpla sus deseos”.
Y desde ese entonces, he confirmado la hipótesis de esos dos ancianos. Los evangélicos, en su mayoría, no buscan mucho pensar, replantear su fe, darse el tiempo de escuchar la vida de los “perdidos”, moverse de sus butacas cómodas, ejercitar la compasión no sólo como una actividad sino como una misión de por vida. No.
Por eso (y lo digo en serio, no irónico), si los estremeces hasta las lágrimas, con algunas lindas canciones que fortalezcan una relación individualista con Dios, si los haces reír a carcajadas en medio de tu plática o si los impresionas con actos portentosos, ten por seguro que te irá muy bien en estos ambientes, y que los congresos, ávidos de atracciones nuevas, te invitarán.
Hasta que un día de estos, un sencillo hombre te encuentre en el camino. Y al ver sus ojos, te des cuenta que en muchos sentidos, tal vez, lo que hemos construido con sus luces y excentricidades, sea todo lo que ese hombre ni siquiera quiso. Y con sus manos heridas te diga “Sígueme”.