Por Karina López

Hace unos cuantos años, en nuestro país se ha producido una fractura lamentable y profunda que dividió familias, amigos y compañeros. Primero se la adjudicamos a la cuestión política, luego a las opiniones acerca de la legalización del aborto, la educación sexual, las cuestiones de género y ahora estamos frente a una clara y lamentable lucha de poder entre hombres y mujeres.
La pregunta que surge casi espontáneamente es “¿Qué nos está pasando?” Creímos que el núcleo del conflicto estaba en cada uno de estos temas hasta que, de a poco nos fuimos dando cuenta que esa no era más que la punta del iceberg, es decir, solo una ínfima parte de lo que realmente nos sucede como sociedad.
La paradoja y la contradicción se han establecido de modo tal que, todos demandamos y exigimos respeto por la propia opinión, aceptación, pertenencia e inclusión y cuando nos toca escuchar una opinión diferente a la propia nos brota la intolerancia más extrema, el prejuicio y la exclusión. Nunca fue fácil acordar, eso no es nada nuevo. Solo cuando reconocemos que somos seres sociales y, como tales, necesitamos sentirnos dentro de la comunidad, tenemos un margen más de libertad para elegir con qué estaremos dispuestos a acordar y con qué no.
Si la pertenencia no incluye algún disenso se convierte en ceguera; si el disenso no incluye tolerancia se convierte en violencia; si la violencia no excluye la acción premeditada se convierte en ataque.
Creo que no hace falta aclarar que repudio cualquier ataque a la libertad, cualquier tipo de agresión. Eso incluye condenar categóricamente el acoso, el abuso y todo delito sexual o psicológico, que implique vulnerar la voluntad de la víctima en cualquiera de sus formas y hacia cualquier persona, no solo hacia las mujeres y no solo hacia algunas mujeres.
Al mismo tiempo, es muy bueno que hoy hayamos madurado como sociedad y que, si vamos a ser intolerantes, procuremos serlo con éstas cuestiones que no pueden ni deben seguir ocurriendo. Al mismo tiempo es bueno que podemos empatizar con las personas que han sido víctimas de estos flagelos, pero es triste que lo hagamos solo entre algunas mujeres, las que piensan parecido o las que tienen una cámara y los medios a su disposición para denunciar. Pero, ¿qué pasa con aquellas que no tienen voz, las que aún no nacieron, las que están solas o no tienen una cámara frente a la que hablar o aún aquellas que se sienten representadas por otro color de pañuelo?
Algunos hombres se han comportado vilmente, eso es una lamentable realidad, pero me resisto a pensar del hombre como un enemigo. No todos los hombres son agresivos, violentos o abusadores. Además, la violencia no es patrimonio exclusivo del género masculino. Muchas mujeres y hombres han sido y seguirán siendo víctimas del maltrato de mujeres como sus propias madres, compañeras de colegio, etc.
A los que acusan como a los que observan solo les queda opinar. Unos creerán una versión, otros, la otra. Y nada sumará al descubrimiento de las cosas tal cual ocurrieron. Solo la justicia podría aportar luz sobre los hechos, dictar sentencia válida y castigar a quien corresponda: al que miente. Al menos, en esto acordamos, en respetar la justicia humana.
Pero para eso es imprescindible una justicia proba, recta, ágil e implacable. Lo que no tenemos. Y cuando la sociedad no encuentra las respuestas en las instituciones, busca la manera de canalizar sus reclamos.
Es sano que podamos expresarnos, pero, la sociedad argentina falla en el modo de hacerlo. No está haciendo una sana la elección del cómo. Un tribunal popular apuntando sobre un individuo no es la manera de saldar un presunto delito porque escrachar es un acto fascista y por completo inaceptable, porque el fin nunca justifica los medios y porque la justicia por mano propia es una salvajada impropia de sociedades civilizadas.
En un caso de estricta intimidad habrá dos involucrados y dos versiones, pero una sola verdad y esta consiste en que, evidentemente uno miente.
Me preocupa y entristece mucho la violencia que estamos viviendo. Lamentablemente los argentinos nos estamos dividiendo cada vez más, nos estamos quedando solos, aislados, auto centrados por la intolerancia y llenos de ansiedad y miedo.
Reflexionando un poco más profundamente, e intentando evitar mirar solo lo superficial, René Girard, un crítico literario, historiador y filósofo francés dice que, los seres humanos “somos competitivos más que agresivos” Además de los apetitos que compartimos con los animales tenemos un anhelo más problemático para el que no hay ninguna correspondencia institucional, que es el deseo. Literalmente no sabemos qué desear, y en orden a encontrar ese objeto del deseo miramos a la gente que admiramos: imitamos sus deseos. Ambos, modelos e imitadores del mismo deseo, inevitablemente anhelan el mismo objeto y se convierten en rivales.
A diferencia de los animales, los seres humanos nos matamos entre nosotros y a esto lo llamamos agresión. La humanidad se divide en agresores y agredidos, auto incluyéndonos todos nosotros en la segunda categoría y olvidando que los conflictos humanos implican a ambos lados en una suerte de reciprocidad ambivalente.
Para evitar la violencia recíproca de “todos contra todos”, la “comunidad vuelve a sentirse solidaria a costa de una víctima incapaz de defenderse; su muerte evitará nuevas agitaciones y conseguirá que se supere la crisis, ya que une a todo el mundo contra ella”
De este modo, el “todos contra todos”, en donde dos o más individuos pugnan por un mismo objeto del que todos quieren apropiarse, da paso al “todos contra uno”, el chivo expiatorio, y allí se produce una especie de transferencia de culpabilidad colectiva.
Se trata de un “violento desplazamiento de violencia sobre una víctima”. El chivo expiatorio designa la ilusión unánime de una víctima culpable, producida por un contagio mimético, por la influencia espontánea que los miembros de una misma comunidad ejercen los unos sobre los otros”; “la resolución de la violencia por sustitución” donde la víctima inocente “es el precio del apaciguamiento general”.
El hombre es un ser fundamentalmente mimético, incluso antes que un ser racional. Los hombres se influencian unos a otros, y, cuando están juntos, tienen tendencia a desear las mismas cosas. No sobre todo en razón de su escasez, sino porque, contrariamente a lo que piensan muchos filósofos, la imitación comporta también los deseos.
Los cristianos no somos la excepción y tenemos que estar muy atentos ya que la Biblia nos recomienda en Romanos 12:2 que “… no se adapten (no se conformen) a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable (agradable) y perfecto”.
Estos días me preguntaba cómo es que utilizamos frases que utiliza un supuesto abusador (si, supuesto, ya que la presunción de inocencia hasta que se compruebe lo contrario, en juicio y no frente a la condena social, sigue vigente en nuestro país, PARA TODOS). ¿Cómo nos mimetizamos o confundimos con quienes queremos diferenciarnos? Porque quiero creer que queremos diferenciarnos de los agresores y abusadores, ¿no?
Las armas de nuestra milicia no son carnales, no podemos utilizar las mismas armas de quienes repudiamos como violentos y abusadores. Tenemos el desafío de encontrar formas superadoras. ¿Qué nos diferencia entonces si hacemos las mismas cosas que repudiamos? ¿Seguiremos amenazando y violentando con el argumento que otro lo hizo primero o lo merece? ¿O nos detendremos a pensar cómo ser sal y luz en medio de tanta oscuridad?
En el histórico momento que nos toca vivir como sociedad, y frente al inicio de un nuevo año, con todo lo que sabemos y no sabemos acerca de lo que el mismo nos deparará, reflexionemos y busquemos la sabiduría de Dios, que puede y quiere darnos abundantemente y sin medida para reflejar con nuestras actitudes y acciones. Procedamos responsable y prudentemente a Cristo quien fue el chivo expiatorio que cargó sobre Él nuestros errores, a punto tal que la Biblia nos dice que “mas Él herido fue por nuestras rebeliones; molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él: y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Isaías 53:5).
Fuimos curados de la tendencia autodestructiva a vivir según nuestras propias y limitadas reglas. El hombre necesita paz. La paz, es un elemento esencial en la vida del hombre. ¿Cuál es el efecto que producen las angustias, problemas, enfermedades, violencias, escasez, etc. en la vida del ser humano? Nos quitan la paz. Y vivir en esas condiciones no es precisamente vida; la vida en abundancia que Cristo promete. Te desafío a:
1- Resistir todo engaño
2- Darle el gobierno de tu corazón todos los días a Dios
3- Ocupar y ejercer tu lugar en el cuerpo de Cristo
4- Reconocer que toda batalla es, en definitiva, de argumentos y finalmente
5- Hablar con la verdad