Por Damián Sileo

Participo de las elecciones en mi país desde 1993, cuando se hicieron las legislativas durante el primer gobierno de Menem. Por ese entonces internet no existía y nuestras redes sociales eran el colegio, el trabajo, la iglesia o algún otro círculo de personas con el que necesariamente teníamos que juntarnos para interactuar. Luego, en 1995, vino una nueva elección presidencial y la misma situación. Al día siguiente, las charlas políticas eran como las de un lunes después de un Boca-River. Se terminaba ahí. Gastadas más, gastadas menos, pero pasaba por ese lado, nada más. Tal vez la ciudadanía más politizada de ese momento se mordía los labios y pensaba: “cerremos los ojos y esperemos cuatro años”.
Llegaron más legislativas y luego las presidenciales del ‘99. Se terminaba una era, comenzaba otra que ya sabemos cómo terminó. Aun así, el día después de cada elección, en ese tiempo, no tenía tanto eco más que en los medios masivos. Luego, llegó uno que apagó el incendio, y tras suyo, otro que gobernó en medio de la bonanza después de los años tempestuosos.
Internet ya estaba instalada y, no sé si tendrá mucho que ver, tal vez sí, tal vez no, pero en la medida que la comunicación masiva ya no pasaba solo por la radio y la televisión, el nivel de la discusión política fue subiendo de tono y el día después de cada votación ya no era ese típico lunes después un clásico.
Aunque estaba a la vista las malas decisiones que tomábamos en el cuarto oscuro, nadie se atrevía a sacarle en cara a nadie la razón de su voto. Era su derecho incuestionable.
Pero, por alguna razón, en la última década y media empezó a instalarse una especie de estigmatización del que votaba “al otro partido”, como si el votante fuera el culpable de las medidas erróneas que tomaban luego los gobernantes elegidos.
Casi sin darnos cuenta, mientras avanzaba esa ficticia conexión a través de las redes sociales por internet, también lo hacía la tan mencionada grieta, instalada por un sector de la sociedad, hecha carne por los votantes y usada por los políticos para sus propios beneficios.
Llegamos a un 2015 con cambio de color político y un país dividido no sólo por un resultado electoral, sino por diferentes formas de ver la vida y de intentar construir un país cuyos valores fueron derribados. La elección legislativa de 2017 no hizo más que demostrar que la grieta, estaba lejos de ser cerrada. Hoy, tras las recientes PASO, la batalla parece no tener fin.
La artillería pesada utilizada en las redes sociales en la previa de las elecciones generales que tendremos en octubre inundó Facebook, Twitter y otras plataformas. ¿Con qué fin? ¿Qué soluciona el kirchnerista con insultar a Macri y denostar a quienes lo eligieron y lo revalidaron en esta especie de encuesta oficial, recordándoles el índice de pobreza o el dólar a 60? ¿Y qué gana el macrista con insultar a Cristina y recordarle a sus seguidores que “se robó medio país” y que tiene una colección de causas judiciales? Nada.
O mejor dicho, lo que gana es alimentar la grieta, porque cada posteo es visto como un ataque a la elección del otro, y no como otra cosa. Desde todo el liderazgo político, se viene bajando la línea de que “la culpa es del votante”, y de esta manera, terminan deslindando la responsabilidad al ciudadano y esquivándola ellos.
¿Y nosotros? En el medio, peleando, como siempre. Defendiendo a uno y otro candidato, que termina sacando provecho de esa misma contienda. Y lo peor es que este panorama nos envuelve a quienes ponemos la fe cristiana como carta de presentación, pero que desnudamos una falta de compromiso con la misma cuando anteponemos los intereses o favoritismos partidarios por sobre el lazo más fuerte que debiera unirnos, que es el espiritual, como hijos de Dios. ¿Acaso defendemos nuestra fe con el mismo ahínco con que lo hacemos con la militancia política? Es alarmante, pero hemos perdido tanto el foco de lo que es nuestra misión en la tierra que hoy un cristiano es capaz de vender a su hermano con tal de defender su postura política. Es triste ver cómo entre semana, las redes sociales son un campo de batalla en la que no nos importa a quiénes y a cuántos dejamos heridos, y el fin de semana nos juntamos con esos mismos para cantarle a Dios.
Todavía no entendimos que para lograr la paz de la que tanto hablamos, primero debemos procurarla nosotros. Como se suele decir, la paz no es la ausencia de problemas, sino qué hacemos y cómo reaccionamos en medio de ellos. Dificultades habrá siempre, pero, ¿qué haremos nosotros? ¿Saldremos con un palo a cortar una ruta y amenazando al transeúnte para “lograr mi paz”? ¿Esperaremos a que un gobierno electo cometa un error para salir al cruce con quien lo votó y culparlo por eso?
Es hora de que tomemos conciencia de que así no vamos a avanzar nunca. Estaremos estancados en riñas políticas sin sentido mientras los mismos de siempre se la llevan al bolsillo. Y ahí sí, la culpa será nuestra. Aunque votemos el color político que votásemos, si permanecemos en paz, si cumplimos con nuestros deberes de ciudadano –algo que trasciende al cuarto oscuro, porque pareciera que cuando hablamos del deber ciudadano solo nos referimos a sufragar-, cuando empecemos a ser nosotros ejemplo de honestidad, indefectiblemente, saldrán de nuestra sociedad candidatos honestos. Pertenezcan al partido político que fuere.
Como dijo el Apóstol San Pablo en uno de sus escritos bíblicos: “Si de ustedes depende, traten de estar en paz con todos”. ¿Y si probamos con esa receta? ¿Y si probamos vivir en paz?