Hablar sana

Cada día, en medio de nuestra rutina, contamos con un recurso que nos fue dado junto con la vida. Desde que empezamos a pronunciar palabras con sentido —cuando dejamos atrás las onomatopeyas y dimos paso al lenguaje— se nos otorgó un don valiosísimo: la palabra.
Columnistas18 de abril de 2026Redacción Diario PCRedacción Diario PC

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Por Camila Bolaño

La palabra. La hemos dado tanto por sentada que, incluso, llegamos a usarla en nuestro propio detrimento. Como si fuera posible desperdiciar algo tan esencial. Es como si al nacer nos entregaran una gran fortuna y, en lugar de invertirla en nuestro bien, la dilapidáramos en cosas sin valor.

El recurso del que hablo es la palabra. Está en tu voz, en tu interior. Y sí, puede sonar a cliché. Pero acompañame unos párrafos más.

Hay un pasaje bíblico que muchas veces pasamos por alto:
“Del fruto de la boca del hombre se llenará su vientre; se saciará del producto de sus labios. La muerte y la vida están en poder de la lengua” (Proverbios 18:20-21).

Una de las verdades más visibles —y, a la vez, más subestimadas— de nuestra vida.

Te propongo un ejercicio: imaginá tu plato favorito. Tal vez algo que cocinaba tu madre, tu abuela, o alguien amado. Ese sabor único, esa sensación de placer que reconforta.

Ahora imaginá lo opuesto: el plato más repulsivo que puedas concebir. No algo que simplemente no te guste, sino algo que genere rechazo casi universal, algo que solo con verlo provoque náuseas.

Y ahora imaginá que lo ingerís.

El primero te nutre, te da placer, casi como si añadiera vida. El segundo, en cambio, genera rechazo, incomodidad… incluso podría sentirse como un anticipo de muerte.

Entonces, ¿por qué elegimos a diario esa porción desagradable, en lugar de una mesa llena de vida?

Cada vez que al abrir los ojos emitís una queja —hacia vos, hacia tu pareja, tus hijos o tu entorno— estás eligiendo ese plato. Estás alimentándote de eso.

Pero cuando empezás el día agradeciendo, cuando actuás desde la gratitud y el amor, es como si sirvieras un banquete en tu mesa: algo que te nutre a vos y también a quienes te rodean.

Parece sencillo, pero no lo es. Lo sé porque me pasa. Porque soy como vos. Porque también hay días en los que la vida pesa, en los que el cansancio y la decepción aparecen.

Pero vuelvo a recordarme que tengo un recurso inmenso… y con él, una responsabilidad: mi voz para dar vida.

Decime, ¿alguna vez pensaste en esto?
¿Cómo hablás a diario?
¿De qué se llena tu interior?

Porque, inevitablemente, los frutos de tus palabras te saciarán.

¿Te alimentás de chisme, queja, burla o mentira?
¿O elegís gratitud, fe, confianza, amor y ternura?

Muchas veces, son las heridas del alma las que hablan a través de nosotros: el dolor, el rechazo, el miedo, la falta de paz, la amargura. Aquello que evitamos sanar, aquello que no queremos nombrar, pero que sigue pesando en nuestra vida y en nuestra familia.

Por eso, me gustaría invitarte a este recorrido. A caminar juntos hacia la sanidad interior. Aprender cómo transformar esas heridas y, con ellas, el fruto de nuestras palabras.

Hablar mejor.
Hablarnos mejor.
Vivir mejor.

Camila Bolaño es comunicadora social