A la luz del oportunismo político de algunos sectores inescrupulosos que utilizan la tragedia de otras familias para fines que, lejos están de los intereses de esas familias, muchas voces se alzaron para pronunciarse en repudio. Una de ellas es la del Dr. Julio Alonso, abogado penalista, quien se expresó de esta manera.
La noticia del asesinato de Agostina Vega, una adolescente de apenas 14 años, estremeció al país. Como ocurre cada vez que una niña o una mujer es víctima de una violencia extrema, la conmoción fue inmediata. Las redes sociales se llenaron de mensajes, los medios cubrieron cada detalle y miles de personas expresaron su dolor, su indignación y su impotencia.
Cuando alguien nos cuenta que tuvo un problema, o vemos que se perdió un chico o un abuelo, enseguida somos movidos a orar, a pedir al Señor —aunque sea por un instante— que, si es posible, pueda aparecer. O cuando alguien tuvo un accidente para que salve su vida. Y esto está bueno. Es lo que tenemos que hacer. Es lo correcto.
Vivimos tiempos atravesados por una profunda crisis social y emocional. Lo vemos todos los días: violencia en las escuelas, bullying, grooming, amenazas, agresividad en las redes sociales, aumento de los problemas de salud mental, ansiedad, depresión y una creciente sensación de soledad tanto en jóvenes como en adultos.
Con la llegada de los primeros fríos comenzamos a pensar en esa receta familiar que con tanto amor preparaba nuestra madre o alguna abuela. Ese olorcito que invitaba a disfrutar de un momento en familia. El guiso no solo alimenta el alma, sino que nos ayuda a recuperar el calor corporal.
Hay algo que se repite en la historia íntima de las personas: cuando la vida tiembla, miramos hacia arriba, hacia adentro o hacia algún lugar que no se puede tocar con las manos. En medio de una pérdida, una enfermedad, una incertidumbre económica o una angustia inesperada, aparece con fuerza la necesidad de sentido. Buscamos respuestas, consuelo, dirección. Buscamos conexión.
“Vamos a ver cómo es, el Reino del Revés”, decía aquella famosa canción infantil de María Elena Walsh. Y si hablamos de infantes y de las cosas dadas vueltas, basta con estar un lunes cualquiera en alguna escuela de la Argentina.
Cada día, en medio de nuestra rutina, contamos con un recurso que nos fue dado junto con la vida. Desde que empezamos a pronunciar palabras con sentido —cuando dejamos atrás las onomatopeyas y dimos paso al lenguaje— se nos otorgó un don valiosísimo: la palabra.
En tiempos donde el límite es sinónimo de autoritarismo, la psicología del desarrollo y la educación afectivo-sexual coinciden en una afirmación clave: decir “no” a tiempo protege, ordena y forma carácter. El rol de los adultos resulta decisivo para acompañar a niños y adolescentes frente a las presiones culturales actuales y ayudarlos a construir una libertad responsable.
Durante años se dijo que la calculadora iba a destruir el aprendizaje. Hoy el mismo miedo aparece frente a la inteligencia artificial. Desde la experiencia docente, una mirada para entender por qué el problema no es la herramienta, sino el criterio.