El más peligroso de los fanatismos
Redacción Diario PCSABIDURÍA FACEBOOKEANA

Cuando un pueblo empieza a defender ladrones solo porque “son de su bando”, la corrupción deja de ser un delito aislado y se convierte en una enfermedad colectiva. Un político corrupto no se sostiene solo. Se sostiene gracias a los que lo justifican. A los que lo aplauden. A los que lo perdonan todo. A los que cierran los ojos mientras roba, miente y destruye, solo porque odian al otro lado más de lo que aman la justicia.
Y ahí está lo más peligroso de todo: la corrupción no crece solamente en el poder. Crece también en la mente de quien la normaliza. El problema ya no es solo el funcionario sucio. El problema es el ciudadano que perdió la dignidad crítica y cambió sus principios por el fanatismo. El que ya no defiende lo correcto, sino al personaje. El que no exige cuentas, sino que inventa excusas. El que no busca la verdad, sino la victoria para su grupo.
Y cuando eso pasa, el país se pudre desde adentro. Porque ningún corrupto llega lejos sin una multitud de ciegos que lo proteja. Ningún abuso se vuelve costumbre sin gente dispuesta a llamarlo “estrategia”. Ningún saqueo se convierte en sistema sin una masa fanatizada que lo celebre como si fuera una hazaña.
La corrupción no solo vive en los palacios. También vive en la conciencia de quien la tolera. En la boca de quien la defiende. En la cobardía de quien prefiere justificar al ladrón antes que admitir que fue engañado.
Un pueblo no se destruye solo por los corruptos que gobiernan. También se destruye por los fanáticos que los blindan. Porque cuando el fanatismo reemplaza a la conciencia, la corrupción deja de esconderse… y empieza a gobernar con aplausos.

