Amores perros
Redacción Diario PCAMORES PERROS

Por Javier Dinovitzer
"A veces buscamos grandes maestros para aprender sobre la fe, cuando algunas de las lecciones más profundas nos esperan cada día junto a la puerta de casa, moviendo la cola".
Quienes amamos a los perros sabemos que son mucho más que mascotas. Son compañeros de vida, guardianes silenciosos y, muchas veces, maestros inesperados de virtudes que parecen cada vez más escasas en nuestro mundo.
Mientras reflexionaba sobre Dios y observaba a estos nobles animales, me pregunté cuánto podríamos aprender de ellos acerca de la fe, la confianza y el amor.
La fidelidad que inspira
Quizás la historia más conmovedora sobre la fidelidad de un perro sea la de Hachiko.
A principios del siglo XX, Hachiko acompañaba cada día a su dueño, el profesor Hidesaburō Ueno, hasta la estación de tren. Por la tarde regresaba para recibirlo y caminar juntos de vuelta a casa. Pero un día el profesor falleció inesperadamente mientras trabajaba y nunca volvió a bajar de aquel tren.
Sin embargo, Hachiko siguió regresando a la estación día tras día, año tras año, esperando a su dueño. Durante casi diez años mantuvo aquella rutina, convirtiéndose en un símbolo universal de fidelidad.
Cada vez que escucho esta historia me pregunto por qué nos conmueve tanto. Tal vez porque, en el fondo, todos admiramos la lealtad cuando la vemos.
La fidelidad es también una virtud profundamente espiritual. Dios permanece fiel aun cuando nosotros fallamos, y nos invita a reflejar esa misma constancia en nuestra relación con Él y con los demás.
La confianza que descansa
Hay algo hermoso en observar a un perro descansando junto a quien ama. No conoce el futuro ni entiende todo lo que sucede a su alrededor. Simplemente confía.
Los seres humanos solemos vivir de otra manera. Queremos controlar cada situación y encontrar respuestas para cada pregunta. Cuando no lo logramos, aparecen la ansiedad y el temor.
La Biblia nos ofrece una invitación diferente: "Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia." (Proverbios 3:5).
La fe no consiste en entenderlo todo. Muchas veces consiste en descansar en las manos de Aquel que sí lo entiende todo.

El amor que no pone condiciones
Pocas escenas son tan familiares como la de un perro recibiendo con alegría a la persona que ama. No importa si han pasado minutos o horas. Su afecto permanece.
Ese amor sencillo nos recuerda una verdad fundamental del Evangelio: el amor auténtico no está basado únicamente en lo que recibe, sino en lo que está dispuesto a entregar.
Como escribió el apóstol Pablo: "Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor." (1 Corintios 13:13).
En un tiempo donde muchas relaciones parecen condicionadas por intereses o expectativas, los perros nos recuerdan el valor de la entrega sincera.
Dios también habla a través de lo simple
Existe una frase muy conocida entre los amantes de los perros: "Mi objetivo es llegar a ser tan buena persona como mi perro cree que soy."
Más allá de la sonrisa que pueda despertar, contiene una reflexión profunda. Los perros parecen ver lo mejor de nosotros. Nos reciben sin prejuicios y celebran nuestra presencia con una alegría genuina.
Quizás por eso nos ayudan a recordar otra verdad: muchas de las lecciones más importantes de la vida se encuentran en las cosas simples.
Una caminata. Una caricia. Un momento compartido. Un acto de fidelidad.
Dios suele hablar a nuestro corazón a través de aquello que tenemos delante todos los días y que, por costumbre, dejamos de valorar.

Reflexión final
Los perros no reemplazan las enseñanzas de las Escrituras ni ocupan el lugar que sólo corresponde a Dios. Sin embargo, pueden convertirse en pequeños recordatorios de virtudes que el Señor desea formar en nosotros.
La historia de Hachiko conmovió al mundo porque todos reconocemos la belleza de la fidelidad cuando la vemos reflejada en alguien.
Tal vez por eso estos compañeros de cuatro patas siguen tocando nuestros corazones. Porque en su confianza, en su amor y en su lealtad encontramos un reflejo de valores que también anhelamos vivir.
Como amante de los perros, doy gracias a Dios por ellos. No solamente por la compañía que brindan, sino porque muchas veces me han recordado virtudes que deseo cultivar en mi propia vida: fidelidad cuando las cosas se ponen difíciles, confianza cuando no entiendo el camino y amor para entregarme a los demás.
Y entonces surge una pregunta que vale la pena llevar al corazón: ¿Cómo sería nuestra vida espiritual si confiáramos en Dios con la misma entrega con la que un perro confía en quien lo ama?
Javier Dinovitzer es educador canino

