Un lunes cualquiera en una escuela argentina
Damian SileoVIOLENCIA EN LAS ESCUELAS

Por Damián Sileo
Todavía es latente el magro recuerdo del joven que tiroteó a sus compañeros en la escuela de Santa Fe. Hay quienes se aventuran con que solo se trató de un hecho aislado, que estamos lejos de que la situación escale al nivel de las escuelas de los Estados Unidos, donde periódicamente se hacen simulacros de ataques para que los alumnos estén alertas. Sí, en el lugar donde van a estudiar, a adquirir conocimientos para afrontar la vida laboral que les espera, también reciben una suerte de entrenamiento militar, el cual les servirá en caso de un “ataque doméstico”. Léase: “sepan qué hacer si un compañero de ustedes un día decide venir con un arma y revolear tiros por todas partes”. Increíble, pero real.
El acceso a las armas que tienen los menores es un problema, está claro. Pero no deja de ser el emergente de un problema aún mayor. Y no hace falta esperar a que un alumno vaya armado al colegio para darnos cuenta de la carencia de educación en valores que existe. Y el panorama se ensombrece cuando leemos noticias como la que da cuenta de una serie de mensajes a modo de graffitis en baños de colegios en los que se advierte que “tal día no vayan al colegio porque habrá tiroteo”. Esto sucedió recientemente en escuelas del Gran Buenos Aires, Córdoba, Tucumán y Mendoza. Y cada día hay novedades en colegios de otras latitudes. De temer.
El deterioro de la educación y del tejido social no es nuevo. Tampoco repentino. Se fue dando paulatinamente, como aquél famoso ejemplo de la rana en la olla de agua tibia que de a poco se iba calentando hasta hervir y morir sin que se diera cuenta. Este daño requiere tiempo y de varios actores, porque no se produciría si la parte que tiene que controlar que eso no suceda, brilla por su ausencia. Por ejemplo, el Estado, que simulaba estar presente desde lo discursivo, pero en la acción fue todo lo contrario.
Durante las últimas décadas, mientras se disfrazaba de “derechos conquistados” algunas prácticas que están muy lejos de ser consideradas como un derecho, se le quitó valor a aquellas cosas con las que crecimos quienes fuimos educados por padres que se esforzaron por construir una casa y brindarnos una educación que nos haga salir adelante como seres humanos. Hoy, lamentablemente, el rasgo distintivo de esta generación es el de aquella que creció viendo cómo sus padres no trabajaban, pero igual podían vivir a costa de un Estado benefactor que, de alguna manera, les metió en la cabeza que eran víctimas del sistema opresor. Entonces vinieron las asignaciones, los planes, los subsidios… elementos extorsivos que sirvieron para maniatar a un sector de la población para ser operativos a un poder de turno que necesitaba tener a una ciudadanía dividida en dos bandos y así poder controlarlos a los dos. A uno, teniéndolo consigo, mediante dádivas que le garanticen funcionalidad como carne de cañón, para controlar al otro bando, el que produce para alimentar, precisamente, al primer bando. Funesto por donde se lo mire.
Así fue que se fomentó la rebelión contra todo lo que represente autoridad y comenzaron, simpáticamente, los denominados piquetes, esos cortes ruteros que surgieron en protesta, y que después se extendieron a todo el país llegando a ostentar el récord de 9000 piquetes anuales en donde uno se imagine. Era cotidiano ver chicos que, en lugar de asistir a la escuela, estaban en la “lucha”, con sus padres, portando alguna pancarta y vulnerando el derecho constitucional del resto de la ciudadanía de transitar libremente por la calle. Ese derecho que dos días antes su maestra le enseñaba en clases, pero que de alguna manera, era tirado por la borda. Todo bajo el amparo de un Estado que no sólo no castigaba ese delito, sino que protegía a quienes lo instigaban y usaban cobardemente como escudo a menores que debieran estar estudiando.
Luego se le sumó a la ecuación el capitalismo, y de algún modo se instaló la versión de que se era pobre por culpa del empresario rico capitalista y que como tenían derechos había que hacerlos valer aun pisoteando los derechos de los demás. El pensamiento socialista emergió con fuerza y se encargó de quemar cabezas con el discurso de que si el otro tiene dos caramelos y vos no tenés ninguno, el otro te tiene que dar uno para estar iguales. Los chicos vieron eso y crecieron con el resentimiento hacia quien se esforzaba y lograba montar, aunque más no sea, un negocito. Ni hablar de quien podía hacer algo más osado y tenía una pyme o una empresa. A ese había que destruirlo. Nadie les advirtió que ese objetivo a destruir era el que podía generar el trabajo que le faltaba a sus padres. Y la meritocracia… al tacho.
Por último, el feminismo y las macabras ideologías de género que le dieron un valor agregado a toda esta barbarie en la que cualquier persona puede agredir a la autoridad y ésta no puede defenderse porque sería acusada de represora. Más falacias del Estado Presente.

Pasaron los años y las décadas, y los “derechos adquiridos” pasaron a ser el caballito de batalla de un relato que terminó de romper el sistema educativo y social sin que nos diéramos cuenta. Así como el ejemplo de la rana en la olla. ¿Y cuáles fueron los derechos conquistados en materia educativa, que es lo que nos convoca en esta nota? Enumeremos los más salientes y autoflagelémonos pensando en “cómo no nos dimos cuenta y dejamos crecer al monstruo”.
-No hacer repetir de año a los alumnos, lo cual igualaba a todos hacia abajo. Da lo mismo llevarse materias que no llevárselas; al año siguiente el que se mataba estudiando seguiría viendo la cara del que iba al colegio a perder el tiempo o a copiarse de su tarea, en el mejor de los casos.
-No expulsar alumnos por mal comportamiento porque de ese modo, se los estaría “estigmatizando”. Portarse bien o portarse mal, da igual. O vandalizar un establecimiento, qué más da, lo paga la cooperadora. Ya no había castigo como antes, cuando el solo hecho de tirar un tizazo te ponía al borde de las 25 amonestaciones.
-No dejar alumnos libres por inasistencias injustificadas. La aspiración de tener asistencia perfecta dejó de ser un incentivo para quienes anhelaban portar la bandera de ceremonia en los actos o recibir alguna distinción a fin de año por no haber faltado nunca. El nivel de ausentismo y deserción escolar es alarmante. Hoy día, según testimonios de psicopedagogos, hay alumnos de 8, 9 o 10 años que no van a la escuela “porque no quieren”, y los padres permanecen contemplativos.
-Por último, y lo que está generando problemas no menores en las escuelas actualmente: la instalación de las ideologías que le dan bandera verde a cualquier adolescente de 12, 13 o 14 años a patear a sus preceptoras al punto de tener que ser atendidas en la guardia de un hospital. O lo que es peor, tener a un director -varón- haciendo malabarismos para que esa adolescente femenina no golpee a sus compañeras, y todo eso, sin tocarla para no ameritar un sumario y la eventual pérdida del empleo. Si a eso le sumamos que la ejemplar alumna le puede vociferar que “vos no me podés tocar porque sos hombre y te voy a denunciar”, nos estaríamos encontrando ante una escena siniestra. Un escenario en el que la menor no es tan inocente como lo quiere hacer parecer su edad, sino que es totalmente consciente del daño que está causando y del que pretende causar si un masculino mayor siquiera la roce, aunque sea para defender la integridad física de otro alumno. Un delirio total que pareciera sacado de una película distópica.
Me vienen a la mente esos filmes de los ‘80, en los que un ex militar devenido en profesor es contratado por una escuela secundaria marginal, con la tarea de encarrilar a un grupo de alumnos provenientes de barrios bajos, donde la violencia es moneda corriente y trasladada a la escuela. Ver la realidad de las escuelas en la Argentina me hace pensar que los directores de aquellas películas quedaron muy flojos con los guiones…

