¿Menos pantallas podría significar más aprendizaje? ¿Podremos aprender algo del giro educativo de Suecia?

En los últimos años, mientras gran parte del mundo profundizaba la digitalización de las aulas, Suecia comenzó a recorrer el camino inverso. Bajo el slogan “De la pantalla a la carpeta”, el país nórdico destina una importante partida presupuestaria en libros impresos y programas que devuelvan al alumnado el hábito de la escritura a mano y la lectura impresa. ¿Será necesario un correlato en la Argentina y el resto de los países?
Informes22 de abril de 2026Redacción Diario PCRedacción Diario PC

EDUCACIÓN

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Por Viviana Alvarez Velasco

Por más de una década apostaron a las tablets y computadoras como reemplazo de los libros, pero el país nórdico decidió volver al papel, la lectura tradicional y la escritura a mano. La decisión no fue ideológica, sino empírica: distintos informes evidenciaron una caída en la comprensión lectora y en habilidades básicas de los estudiantes.

El gobierno sueco llegó incluso a destinar millones de euros para reintroducir libros impresos en las escuelas y limitar el uso de dispositivos digitales, especialmente en los niveles iniciales. La hipótesis que guía este giro es clara: el uso excesivo —y muchas veces poco pedagógico— de pantallas afecta la concentración, promueve una lectura superficial y debilita procesos cognitivos asociados al aprendizaje profundo. 

El gobierno ha utilizado frecuentemente el eslogan "från skärm till pärm", que suena pegadizo en sueco y se traduce como: "De la pantalla a la carpeta". Pero más allá del caso europeo, la discusión también ha llegado a la Argentina. 


Una problemática que también atraviesa a la Argentina
El debate sobre la alfabetización y el impacto de la tecnología no es ajeno al sistema educativo argentino. De hecho, los datos recientes son preocupantes: una proporción significativa de estudiantes no alcanza niveles adecuados de comprensión lectora en los primeros años de escolaridad. En este contexto, el país lanzó en 2024 un Plan Nacional de Alfabetización con el objetivo de revertir esta tendencia.

Aunque las causas del problema son múltiples —desigualdad, formación docente, cambios pedagógicos—, el rol de la tecnología empieza a ser revisado con mayor atención. La experiencia sueca funciona, en este sentido, como un espejo incómodo: muestra que la digitalización, por sí sola, no garantiza mejores aprendizajes.


Lo que dicen los especialistas argentinos
Diversos investigadores y especialistas en educación en la Argentina vienen advirtiendo sobre los riesgos de un uso indiscriminado de tecnologías en los procesos de lectura y escritura.

La investigadora Ana María Borzone, referente del CONICET, ha señalado que los problemas en la enseñanza de la lectura y la escritura no se resuelven con más dispositivos, sino con mejores metodologías y prácticas sistemáticas. Su trabajo insiste en que el aprendizaje de la lectoescritura requiere procesos cognitivos complejos que no pueden ser reemplazados por herramientas digitales sin una mediación pedagógica adecuada.

En la misma línea, la psicopedagoga Silvia Schlemenson destaca la importancia de la escritura manual en el desarrollo cognitivo infantil. Según plantea, escribir a mano permite articular procesos motores, visuales y simbólicos que favorecen la comprensión y la memoria, algo que no ocurre de la misma manera con el teclado.


El rol clave del entorno familiar
Si bien el debate suele centrarse en la escuela, cada vez más especialistas coinciden en que el entorno familiar cumple un papel decisivo en la formación de hábitos de lectura y en el vínculo de los chicos con la tecnología.

En un contexto donde las pantallas ocupan gran parte de la vida cotidiana, las familias pueden actuar como reguladoras del equilibrio. Esto no implica una prohibición absoluta, sino establecer criterios claros: limitar el tiempo de exposición, evitar el uso de dispositivos durante momentos clave —como antes de dormir o durante las comidas— y promover espacios de concentración sin interrupciones digitales.

Además, fomentar la lectura en papel desde edades tempranas sigue siendo una de las herramientas más efectivas. Leer con los chicos, compartir cuentos, visitar bibliotecas o simplemente tener libros disponibles en el hogar contribuye a construir una relación más profunda con el lenguaje escrito. La lectura compartida, en particular, no solo mejora la comprensión, sino que también fortalece vínculos afectivos y genera hábitos duraderos.

La escritura a mano también puede estimularse fuera del ámbito escolar: desde actividades simples como llevar un diario personal, escribir cartas o hacer listas, hasta propuestas más creativas como cuentos o juegos de palabras. Estas prácticas, aunque parezcan pequeñas, refuerzan habilidades cognitivas que luego impactan directamente en el desempeño académico.

Otro aspecto central es el ejemplo. Los chicos no solo aprenden por lo que se les dice, sino por lo que ven. En hogares donde los adultos leen, escriben y hacen un uso moderado de la tecnología, es más probable que esos hábitos se reproduzcan.


¿Retroceder o recalibrar?
El caso sueco no implica un rechazo absoluto a la tecnología, sino una advertencia sobre sus límites. De hecho, uno de los consensos emergentes entre especialistas —tanto en Europa como en América Latina— es que el problema no es la presencia de dispositivos en sí, sino la forma en que se utilizan.

En Argentina, donde la brecha educativa sigue siendo un desafío estructural, la discusión adquiere un matiz particular. La tecnología puede ser una herramienta poderosa para el acceso al conocimiento, pero también puede profundizar dificultades si reemplaza prácticas fundamentales como la lectura profunda o la escritura reflexiva.

En este sentido, el giro sueco invita a repensar una idea muy instalada en el discurso educativo contemporáneo: que innovar siempre implica digitalizar. Tal vez, como sugiere esta experiencia, innovar también pueda significar recuperar prácticas que nunca debieron abandonarse.

En un mundo cada vez más atravesado por pantallas, el verdadero desafío no parece ser elegir entre lo digital y lo analógico, sino encontrar un equilibrio inteligente entre ambos. Formar lectores críticos, capaces de comprender textos complejos y expresarse con claridad —ya sea en papel o en pantalla— sigue siendo el núcleo de cualquier sistema educativo.

Suecia decidió ajustar el rumbo tras comprobar los límites de su apuesta tecnológica. La pregunta es si otros países, como la Argentina, serán capaces de aprender de esa experiencia antes de que los problemas se profundicen. Y, en ese camino, la escuela no estará sola: el hogar también será parte fundamental de la solución.

Viviana Alvarez Velasco es docente y es una de las coordinadoras de Docentes por la Vida.