Conexión en tiempos de crisis
Redacción Diario PCCOLUMNISTA

Por Camila Bolaño
Es curioso: en los días serenos solemos sentirnos autosuficientes. La rutina funciona, los planes avanzan, el calendario ordena la existencia y creemos, aunque sea por momentos, que controlamos algo. Entonces la espiritualidad queda para “después”, para cuando haya tiempo, para cuando llegue el fin de semana, para cuando el alma reclame más fuerte. Pero el alma casi nunca grita en tiempos de comodidad; susurra.
Las crisis, en cambio, rompen el ruido exterior. Nos obligan a detenernos. Cuando lo conocido se resquebraja, lo esencial queda expuesto. Y allí aparecen preguntas profundas que en épocas tranquilas evitamos o postergamos: ¿Qué importa de verdad? ¿Quién soy sin mis certezas? ¿En qué me sostengo cuando todo cambia? ¿Qué sentido tiene este dolor?
No siempre la espiritualidad nace de la fe religiosa, aunque muchas veces se expresa allí. A veces aparece en una oración improvisada, en una conversación honesta, en el abrazo de alguien querido, en la contemplación silenciosa de un amanecer, en la necesidad de agradecer aun en medio de la tormenta. La espiritualidad, en definitiva, es la experiencia de sentir que hay algo más grande que el miedo.
Quizás por eso las crisis sacan nuestro costado más espiritual: porque derriban la ilusión de autosuficiencia. Nos recuerdan que somos vulnerables, dependientes, humanos. Y lejos de ser una debilidad, esa conciencia puede volverse una puerta. Cuando dejamos de actuar como si pudiéramos solos, aparece la posibilidad de apoyarnos en otros, en la fe, en el amor, en Dios, que siempre estuvo allí.
El desafío verdadero no es conectar solo cuando todo duele, sino también cuando todo parece ir bien. Encontrar espacios de silencio cuando no hay urgencia. Dar gracias sin que medie una pérdida. Mirar hacia adentro sin esperar una crisis que nos obligue. Cultivar el espíritu no como ambulancia emocional, sino como forma cotidiana de vivir. Porque la plenitud no es solo una promesa lejana; también puede ser un diseño posible para nuestra vida presente.
Porque quien solo busca profundidad en la tormenta, depende del naufragio para encontrarse. En cambio, quien aprende a conectar en la calma, llega más fuerte cuando soplan los vientos difíciles.
Tal vez la espiritualidad no sea un refugio exclusivo para tiempos de crisis. Tal vez sea una práctica diaria que las crisis simplemente vienen a recordarnos.
Y quizás por eso Dios no siempre se manifiesta en el estruendo. A veces, como le ocurrió a Elías, después del terremoto y después del fuego, se hace presente en un silbo apacible y delicado. Allí, en lo simple, en lo quieto, en lo profundo. Allí donde muchas veces solo miramos cuando todo lo demás se cayó.

