Armando un dios a la medida de los argentinos

Columnistas 25 de noviembre de 2021 Por Damián Sileo
Ya pasó un año de la sorpresiva partida del astro del fútbol mundial. Un hecho que despertó toda clase de sentimientos encontrados. Durante ese día de tanto estupor popular, nadie quiso que el sol se ocultara sin emitir su opinión. Desde los periodistas más encumbrados, hasta los “influencers” más novatos de las redes sociales, todos dieron a conocer sus reacciones, tan pronto como fueron enterándose de la fatalidad. No fui ajeno a esa experiencia, por supuesto, así que, en ese momento, a través de la web de mi querida revista Visión Joven, establecí un punto de vista que nos corre del dios del fútbol para centrarnos en nosotros, seres mortales en busca de alguien a quien adorar. Revivámosla juntos, aggiornando algunos datos necesarios para que su lectura esté acorde a este día.
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Con la misma vara con la que medimos, seremos medidos (La Biblia)

Dejemos por un momento a un lado a Maradona y hagamos un examen introspectivo, porque como sociedad, somos parte de este luto, nos guste o no. La reacción en cadena que produjo el fallecimiento del deportista, desnuda la necesidad del ser humano de tener un Ser Supremo en quien depositar sus ansias de felicidad, en especial en el culto argentino. 

Hace exactamente un año fallecía Diego Maradona. Aquél que nos deslumbrara con la pelota atada a su zurda. El “Diego” regó con su talento el verde césped de cada estadio en que pisó. Por su causa, las redes sociales fueron un medio de catarsis. Pudimos oír a la gente vociferando lo primero que se le cruzaba por la mente, en especial, aquellas cosas que nos afectan a todos.
Se dice que la muerte es algo que une a la gente. Pero en un país tan agrietado como la Argentina, somos la excepción a la regla. La muerte de Maradona puso de manifiesto los grandes males que oculta la sociedad argentina. 
La parcialidad en las opiniones, la idolatría a los santos que no pasan de ser meros mortales, la hipocresía al medir con distintas varas situaciones idénticas y esa guerra permanente contra cualquiera que no opina como uno. 
Aún permanecen latentes en las retinas las dolorosas escenas de un velatorio que jamás debió existir, donde se alimentó al pueblo con pedazos de pan y agua servidos en bandeja, y cual circo del Imperio Romano, se le ofreció a la multitud desenfrenada al dios gladiador del balompié, como símbolo de unidad  y objeto de adoración.

Maradona somos todos
Las redes estuvieron “infumables”. La carencia de sentido común en muchísimos posteos fue notoria. Por supuesto, hubo honrosas excepciones en escritos que realmente trataron de llevar un poco de coherencia a esta marejada de desatinos. Pero, como suele suceder, fueron los menos leídos y menos comentados. 
Que Maradona fue un jugador mágico, no cabe ninguna duda. Quienes tuvimos el placer de disfrutarlo en los ’80 y parte de los ’90, damos fe de ello. Que fue un ser controversial, tampoco es ningún descubrimiento. Maradona fue una persona llena de contradicciones, como lo somos nosotros. Aunque no lo veamos o no queramos reconocerlo. Su vida privada tampoco deja demasiados argumentos como para esgrimir una defensa. Más aún al enterarnos de las últimas denuncias que envolvieron al “10” en causas de pedofilia, violación y privación ilegítima de la libertad, en connivencia con la dictadura cubana, cuyo líder principal, -el también extinto Fidel Castro- fuera depositario de la admiración del “Diego”. Pero, ¿quién de nosotros puede arrojar la primera piedra? 
El foco de mi reflexión no es Maradona. Porque en algún punto, Maradona somos todos. Todos tenemos algo de ese ser lleno de contradicciones. Entonces, debiéramos tener cierto reparo a la hora de hablar de la persona. Porque, tal como dijo Jesús, con la misma vara que medimos, nos medirán a nosotros (Mateo 7:2), y así quedarán expuestas nuestras miserias.
Entonces, quiero correr de la escena al “10”, para ponernos a nosotros como sociedad que merece (bah, que necesita urgente) un examen introspectivo. 

Fuimos parte de su entorno
Siempre se juzgó al entorno de Diego como algo que le hizo mucho mal durante toda su existencia. El “sidieguismo” de los obsecuentes de turno contribuyó para que “el Diego de la gente” se sintiera ese dios que le hicieron creer que era. 
Pero, a la distancia, ¿cuántos de los que idolatran a Maradona no son parte también de ese entorno que tanto critican? ¿Cuántos lo idolatran por el solo hecho de ser Maradona? Y pregunto esto porque, haciendo un análisis de todas las respuestas que se leen acerca del por qué de tanta devoción, la respuesta más común es: “porque nos dio una alegría en el ‘86”. 
Me queda flotando el interrogante: si Maradona no levantaba la Copa en ese Mundial, ¿hubiera sido el mismo nivel de devoción? En el fondo, ese grado de idolatría, ¿no desnuda nuestro egoísmo? (“es el mejor porque nos dio una alegría”).
Si criticamos a su entorno más próximo como el causante de los males de Maradona, también debemos medir y criticar la sociedad, porque promovió ese entorno, haciendo de él un “dios efímero”, aunque era un simple mortal.

El amor y la verdad, van de la mano
Si realmente lo que sentíamos por Maradona era amor, no hubiéramos pretendido creer o hacerle creer a él algo que no es. Si amábamos al “10”, no le hubiésemos dicho a todo que “sí”. Aún aquellos caprichos más aniñados. Si el amor era lo que nos unía al Diegote, se lo hubiésemos expresado sin hacer mención alguna de aquellos logros que “nos dieron una alegría”,  porque eso es lo que hacen los idólatras. El verdadero amor no tiene un “porque”. 
Ojalá podamos reflexionar sobre esto. Quedarnos con el recuerdo de aquéllas jugadas mágicas, de las gambetas indescifrables y de los goles asombrosos que nos regaló, y no permitir que su legado como deportista sea utilizado para cualquier otra cosa. 
Existe un Dios con mayúsculas, el único que vale la pena buscar y ser hallado. ¿Buscamos a alguien a quien exaltar y adorar por haber hecho algo realmente magnífico? Te presentamos a Jesús, el que dio Su vida para salvarte, sin pedir nada a cambio, solo tu corazón. 
Aún estás a tiempo…

Artículo original publicado en Visión Joven el 26 de noviembre de 2020: Aquí

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